Cuando Mica se termino su
limonada, recogimos nuestras mochilas y nos dirigimos al pasillo principal. Era
un amplio pasillo con paredes de color blanco,
una britina llena de trofeos en el centro y unas cuantas macetas a lo
largo del rodapié que le daban un aire más coloquial. Seguimos unos cuantos
metros hacia adelante para llegar frente a la gran puerta del gimnasio. Al
entrar, pude ver todas las gradas repletas de estudiantes. Casi todas chicas de
unos años menos que nosotras, que venían a ver a unos cuantos chicos guapos
jugar a fútbol como si en ello se les fuese la vida. Subimos a la cuarta fila y
nos sentamos en una esquina al lado del pasillo. Desde arriba podía verse a
nuestros compañeros de clase enfrascados en un juego contra unos chicos del
instituto del barrio de al lado. También la mascota de nuestro instituto. Una
gran ardilla color marrón cerezo vestida con un vestidito color rojo a conjunto
con las animadoras.
-Que casualidad que ninguna
animadora me caiga bien_dijo Mica.
-Bueno la chica esta…Sara, la de
tercero. Tampoco me cae tan mal_afirmé
-Todas son iguales. Viven por y
para su cuerpo, irse de compras y enseñar el culo en las fiestas de fin de
curso.
Una carcajada de complicidad
sucedió entre nosotras. Se puede decir que todas las animadoras de nuestro
instituto, eran unas rubias estiradas. Por ser guapas, delgadas y tener vespa
aparcada a la puerta esperándolas a diario, se creían más que nadie. Todavía
nadie había cruzado más de dos palabras con ellas, solo se relacionaban entre
sus bolsos de maquillaje con otras animadoras; bueno y con los chicos del
equipo de fútbol claro. El día que llegué al instituto quise inscribirme en el
club de animadoras, porque mi madre es bailarina de ballet, aunque ahora está
en Paris y ya no me enseña sus magníficos movimientos, siempre ha intentado
inculcarme la danza. Llegué convencida de iban a cogerme, pero resultaron ser
unas bordes sin conciencia alguna. Me obligaron ha hacer una prueba de acceso
para ver mi nivel. A lo que estaba realizando uno de los saltos finales. Un
niño malcriado me dio un empujón.
-Las nuevas no entran al equipo
de animadoras._refunfuño.
Tras el empujón mis pies se resbalaron y caí de culo
a un charco de barro que el agua de la manguera, que el consergue usaba para
regar las flores, había hecho por casualidad justo detrás de mí. Era otoño y
todavía no hacía mucho frío, pero mi vestido quedo totalmente empapado y mi
pelo despeinado y manchado. Estaba de barro hasta las orejas y para colmo las animadoras
suspendieron mi inscripción por patosa. Pero gracias a él conocí a Micaela,
ella me ayudo a secarme y se ofreció a enseñarme el instituto. Desde ese
instante, Carlos se volvió mi peor pesadilla. Me seguía a todas partes
intentando que me saliese mal todo lo que me proponía. Me hizo la vida
imposible. Hasta el día del accidente. Desde ese día pasamos de ser enemigos a
tener una relación más o menos cordial. Fue un día en el que su moto se estampó
con una farola justo frente a mi casa. Bajé a ver lo que ocurría, al ver que
era él el herido me eche un poco para atrás. No se merecía mi ayuda, ni mucho
menos. Iba con una chica morena muy guapa en la parte trasera. Al final llamé a
la ambulancia y a sus padres, además de acompañarles al hospital. Gracias a
Dios, salieron sanos y salvos de ese aparatoso accidente. Desde entonces, no ha
vuelto a molestarme. Intentó acercarse a mi para que fuéramos amigos, y para
pedirme perdón. Pero supongo que entonces ya era demasiado tarde. Un año no se
olvida así por las buenas; aunque ahora ya estaba empezando a olvidar. No sé
que fue lo que me atrajo de él ni que es lo que me tiene preocupada por si le
pasa algo. Tal vez habrá sido ese maldito sueño. Pero supongo que Micaela tiene
razón, a pesar de que intento odiarle, no puedo. Sigo teniendo la esperanza de
que tenga algo en ese corazón vacío y un poco de humildad. Aunque todos mis
intentos por sacarlo me han sido inútiles.
-¡Sophie, mira! ¡Corre! Mira a Carlos. ¿Quién es esa?
-¡Sophie, mira! ¡Corre! Mira a Carlos. ¿Quién es esa?
-¿Quién es quién?_pregunté
asustada.
-Esa chica con la que está en el
banquillo._dijo señalando.
-Pues otra novia que se habrá
echado.
-Esa chica debe de ser nueva,
nunca la he visto por aquí,_pensó
-Si te digo la verdad, no me
importa.
Estaba ya harta de ver escenas
como esta, y cada una con una chica diferente. Parecía que se las coleccionase
para luego dejarlas tiradas. Intentaba hacer que no me importaba, pero en el
fondo me dolía. Me dolía que le diese igual una chica que otra y que en el
fondo no quisiese a ninguna. La chica morena le acariciaba la cara y el la
cogía por la cintura. Estaría dándole suerte para el partido. Un fuerte pitido
anuncio el descanso y me levante dirigiéndome al baño para lavarme la cara.
Estaba cansada e incluso un poco dolida. Entré al baño y con las manos me
humedecí la frente. Cuando levante la vista al frente y miré al espejo una
pequeña lágrima me resbalaba por la mejilla derecha indicándome que estaba a
punto de explotar. Ojalá Micaela tuviera razón y todo el mundo, incluso la
persona más insensible que conocía y de la que estaba enamorada, tuviese
sentimientos.
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